Amor libresco


Para muchos, los primeros libros que llegaron a nuestras manos nos marcaron para siempre. Nos dejaron un indeleble tatuaje, una fiebre emocional de la que no podemos ni queremos curarnos porque nos remite a un momento iniciático similar a la apertura de un “tercer ojo” y al desarrollo de un apetito insaciable por algo con lo que uno se siente más que identificado.

En muchos casos, ese primer contacto con los libros suele ser una experiencia de amor puro vinculado, a su vez, a una persona que nos amó. Porque nos ama quien nos alimenta, cuida, apapacha y garantiza nuestra supervivencia. Y también quien nos regala ese primer ejemplar que podemos llamar nuestro, que leemos a puro silabeo, con el dedito sucio que subraya palabra por palabra; o quien nos lee a Olafo El Gruñón y hace las voces de todos los personajes.

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Derek Kuntzelman Pérez: en un país, cuya existencia tal vez tú desconozcas, hay alguien que atesora uno de los libros de tu infancia, que compró en una venta de libros usados

Esos primeros libros, cargados de tanto amor, los primeros a los que pudimos llamar nuestros, esos que tienen nuestros nombres escritos con letra torcida y dispareja, se guardan en la mente y en los recuerdos. Y hay quienes van más allá: los atesoran  y se hacen acompañar de ellos a través de los años. Los guardan, a pesar de que ya no tengan tapas, estén todos rotos y manchados con garabatos a lapicero. A pesar de las mudanzas y de las migraciones.

En mi caso, recuerdo perfectamente los primeros libros “para niños grandes” que pude llamar míos. Fueron unas  versiones juveniles de El príncipe y el mendigo, de Mujercitas, y de El Principito. ¿En dónde están esos ejemplares? No lo sé. Pero sí puedo decir que dejaron en mí la idea de que todos debemos cambiar de vida, por un momento, para poder entender al otro y que las rosas, por muy bellas que sean, a veces hacen daño y es mejor alejarlas de uno. Y, además, creo que es muy probable que con ellos haya iniciado mi juvenil  admiración por las mujeres lectoras, fuertes, locuaces, testarudas y extrañas. Como la Jo March que escribía obras teatrales.

 

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Parte de mi biblioteca afectiva. Gracias a Dios mejoré la letra (y empecé a ponerle tilde a mi nombre)

 

Esos primeros ejemplares forman parte de mi “biblioteca afectiva” que ya no ocupa lugar en los anaqueles de mi vida adulta, pero que recuerdo con un cariño que no puedo describir.

Le dieron forma, sin quererlo, a lo que después sería mi vida. Marcaron mi destino, quizás para siempre, y les debo buena parte de mi identidad, de lo que me gusta, de lo que siento, de quién soy.

Fueron los mejores juguetes de una infancia que transcurrió en una casa en la que los libros eran una constante: en la sala, en los cuartos, en mil y un mesas… Para mí, desde entonces, una casa sin libros no es un hogar, y quedé enganchada a esa sensación de atiborramiento; al megaproyecto que implica limpiar una estantería llena de libros, ordenarlos y encontrar formas creativas para que ocupen el menor espacio posible; a la épica hazaña de mudarse con montones de cajas y maletas llenas de ellos… porque, desde que descubrí los libros y me enamoré de ellos, de manera inconsciente internalicé que si algo debe existir en donde yo viva, y en donde mi ADN permanezca, eso son libros. Y su aroma. Y el engorro que provoca desmontarlos para evitar que vayan a caerle a alguien con las sacudidas constantes por los temblores.

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Las bibliotecas afectivas inundan las librerías de viejos

Por eso es que me parece estar leyéndome a mí misma cuando me topo con alguna entrevista o testimonio de alguien que recuerda con pasión su casa de la infancia atiborrada por libros (tales como Un jinete a lomos de un elefante) que parecen multiplicarse como conejitos y que amenazan con tomar posesión de todo el espacio y con desalojar a sus habitantes, como si de una Casa Tomada (el cuento de Cortázar) se tratara.

Así como las pilas de libros son un recuerdo bien asentado de mi niñez, también lo son las bibliotecas. Visitar una por primera vez  es un experiencia iniciática de la que no hay retorno porque, tal y como leí hace poco en un artículo, “Once a Library Kid, Always a Library Kid“.

Muchos de los que leen esta entrada de seguro se identificarán con esa sensación de desprendimiento total de la realidad cuando se entra a una biblioteca. Se olvida el tiempo, los problemas y el caos que puede haber alrededor. Lo único que queda es el silencio, el olor de los libros (viejos o nuevos, cada quien tendrá su fijación por unos u otros) y esa sensación de que el tiempo se detiene, por lo menos, durante ese momento.

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Olor a libro viejo: no apto para asmáticos y alérgicos

La iniciación a la lectura promete cientos de experiencias para el futuro. Es el inicio de una afición que puede durar toda la vida; de una obsesión coleccionista sin freno. Y, con ello, surgen otros hábitos (entre cómicos y extraños) que la comunidad de lectores de pura cepa entenderá: el coleccionismo de separadores; apuntarse a visitar todas las ferias de libros y cuanto “ofertón” haya; entrar en estado contemplativo (o asmático) con el olor a libro viejo o nuevo; la manía por ordenar los ejemplares de acuerdo con criterios específicos (yo me decantO por ordenarlos de acuerdo con la paleta de colores, pero conozco a alguien que lo hace con método bibliográfico, código y todo); el dilema existencial de ver que la pila de libros por leer crece y crece (aunque ya se tengan suficientes); utilizar los tickets, facturas, envoltorios de dulces e, incluso, documentos de identidad como separadores (con el agravante de olvidarlos entre las páginas); doblar las puntitas de las hojas para recordar en qué parte de la lectura se quedó; hacer anotaciones al margen; o descargar cientos de libros de licencia libre para meterlos al kindle o guardarlos en la computadora. Cientos de libros, como si en el futuro fuera imposible encontrarlos y como si la mortalidad no existiera (porque, lastimosamente, varias vidas se necesitan para leer todo lo que queremos).

Y a eso hay que añadir que todo lector de pura cepa, cuando ve a un extraño  que va leyendo en el bus (situación en peligro de extinción en nuestro país y, además, peligrosa), a uno le pica la curiosidad por saber qué lee ese compañero perdido, y recién encontrado, de la tribu a la que uno pertenece.
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Leer es una actividad tan placentera… pero tan odiosamente cara. Compras un libro de 15 dólares, te lo acabas en una semana (o en un par de días u horas), te quedas con ganas de más… y en esa situación toca ajustarse el cinturón y evitar pasar por una librería y entrar con la excusa, más que manida de, “me detengo solo a ver”. Es decir, el afán lector no tiene fin y en eso radica lo complicado: las necesidades humanas básicas también son apremiantes, y la platita apenas alcanza.

Todos debiéramos tener acceso a los libros. Quien los puede comprar y quien no. Aquellas personas a quienes les gustan y aquellos a los que no. Porque, a mí me da la impresión, que muchos de los que afirman que detestan leer es porque, en realidad, no han encontrado el género específico que los sojuzgará de por vida. Es porque no han “besado” cientos de “sapos” hasta encontrar el “sapo” que los enamore. Y para tener esa oportunidad de degustar la lectura y encontrar los intereses de uno, hay que tener acceso a libros, y no solo a unos cuantos, o a los de textos, a los clásicos, a los escogidos bajo un gusto que no es el de uno… hay que tener contacto con decenas, con cientos.

Ante la necesidad, eso sí, medidas ingeniosas para acercar a los niños a la lectura siempre hay. Me encanta, por ejemplo, esta iniciativa que mucho tiene de solidaria, desprendida, creativa y de bajo costo: hacer una biblioteca con los libros extraídos de la basura…

También se necesitan más proyectos para animar a la lectura, que estén bien conceptualizados y que, además, sean cool, tal y como el de Eugenia Zicavo, con su “Libroteca”

Sin duda, los libros son un círculo vicioso, un sendero interminable que conduce a una comprensión más amplia de la vida, de nuestras emociones y del mundo. Quien compra libros a sus hijos o los lleva a la biblioteca y, aparte, les enseña a apreciar las palabras, ya podrá imaginarse lo que les deparará en el futuro. Un amor de por vida, como sucedió a la protagonista de La ladrona de libros.

Cualquiera puede regalar una muñeca, un videojuego, una figura de acción: preguntas al padre o la madre sobre la serie favorita del niño, averiguas cuál es el juguete que falta en la colección del pequeño… Eso es fácil. Pero regalarle el libro que le marcará la vida, eso no lo hace cualquiera. Lo digo por experiencia. Porque solo un padre amoroso es capaz de regalarle a su hija, a través de los libros, el encuentro con el mundo que definirá su existencia. Porque solo una amiga regala un libro para afrontar una dificultad. Porque solo quien lo aprecia a uno, de verdad, le deja en custodia, previo a marcharse del país, uno de sus libros más queridos. Todo eso solo se puede decir con esas hojas repletas de palabras, tinta y emociones que, generalmente, son universales. Quizás no en balde en el Sant Jordi la gente, además de rosas, regala libros. Porque con ellos se puede decir todo. Porque con ellos también se habla el lenguaje del amor.

 

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A lo Yoko Ono: “Haz el amor y no la guerra”

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2 comentarios

  1. Hermosas reflexiones, Ruth. Confieso haber padecido ese amor libresco, de haber pasado todas sus etapas, muchas veces, de haber inducido a nuevas y precedentes generaciones en ese ciclo. Muy bonito. Me hizo recordar mi fascinación con las primeras lecturas ¨extensas¨ del silabario, el descubrimiento de la rima en Mi trencito de madera, y la maravilla de la ficción en la historia de El gigante egoísta.

  2. ¡Me alegra que le haya recordado a todos esos bellos momentos, Claudia! Y me consta que nos pasa incentivando, a muchos, a descubrir a nuevos escritores. ¡Gracias!

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